Ven- dije- quiero enseñarte algo- le agarré de la mano y juntos subimos a la azotea, pero antes de cruzar aquella vieja puerta le obligué a cerrar los ojos y así, con ellos cerrados le lleve hasta el lugar de la azotea desde donde se veía como el sol se escondía entre los altos edificios. Cuando los abrió se quedó sin palabras, boquiabierto, pero al bajar la mirada, mirándome a los ojos, lo digo todo.
De nuevo sus labios buscaron los míos y los besaron cómo si del fin del mundo se tratase, fusionandose en unos solo.
En pie y abrazados contemplamos juntos el crepúsculo desde el borde de la azotea, en ese momento el más hermoso para mí de todo Nueva York. Fue entonces cuando él me agarró por la cintura y ambos guardamos silencio, intentando grabar esa imagen en nuestras memorias.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nada volverá a ser lo mismo desde ese momento. Era el comienzo de una nueva historia.
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